«¿Pero por qué a ti?»: El Pestiño de Plata, la madre y la certeza de ser nadie.

A veces he pensado, con esa inconfesable arrogancia que habita en el secreto de los escritores, que el reconocimiento llegaría. No por vanidad, sino por una certeza silenciosa sobre la calidad de lo que se ha escrito a través de mí; y por esas investigaciones pioneras donde me atreví a secuenciar genes para buscar su danza estadística con los astros, uniendo al fin la ciencia rigurosa con la espiritualidad y demostrando científicamente la astrología. En eso, aunque el mundo tarde en asimilarlo, fui el primero.

Sin embargo, en mi guion interno, esos laureles estaban reservados para la posteridad. Siempre imaginé que los premios llegarían cuando yo ya no estuviera aquí para recogerlos, como flores tardías sobre una tumba.

Por eso, cuando el Excmo. Ayuntamiento de Córdoba, las asociaciones vecinales y el Consejo de Distrito Poniente Norte anunciaron mi nombre para los Pestiños de Plata 2025, mi primera reacción no fue la euforia, sino una calma absoluta. Un pensamiento certero me atravesó, pero no trajo consigo ni miedo ni angustia, solo una extraña lucidez: «Si el reconocimiento llega ahora, ¿significa que me queda poco tiempo?».

Espero que sea solo un pensamiento y no una de esas intuiciones que rara vez me fallan. Porque ahora mismo no me viene bien morir; me quedan puertas por cerrar y asuntos que ordenar en este plano. Pero si así fuese, si este galardón fuera el prólogo de mi despedida, lo recibo con total tranquilidad. Estoy listo. He aprendido que la muerte no es más que la universalización de uno mismo.

Lo más curioso de todo esto es lo difícil, lo realmente «chungo», que resulta explicar el porqué. Para gran parte de mi entorno, mi actividad creativa es un misterio o una invisibilidad, desprovista de ningún tipo de mención o validación. Cuando me preguntan, con esa mezcla de sorpresa y escepticismo, por qué me han dado un premio a mí, solo me sale una respuesta honesta, encogiendo los hombros: —¿Yo qué sé?

Y es la verdad. No lo sé. Como tampoco lo sabía mi madre cuando me preguntó: «¿Pero por qué te dan un premio a ti?».

Me reí. En esa duda materna y en mi propia ignorancia reside la mayor de las verdades. Porque, en el fondo, yo no me creo nada. Ni yo soy alguien, ni le doy valor a los títulos. Solo reverencio lo humano, a esos hombres y mujeres gigantes que entregan su vida por los demás.

Agradezco el premio, sí, pero agradezco aún más tener a mi lado a quienes me ven como uno más, como un nadie, o como un «mierda», si se me permite la crudeza. Porque son ellos, con su falta de asombro, los que me mantienen arraigado al suelo, recordándome que, al final, solo soy un mamífero cósmico que hace lo que puede.

Gracias a la ciudad de Córdoba por el honor. Y gracias a los que no entienden por qué, por recordarme que no soy más ni menos que cualquiera.

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