queríamos inundar los charcos con las gitanillas,
y con claveles roneaban las chiquillas,
pero el barro respiraba con pulmones de sombra
y un perro sin nombre lamía el borde del cielo.
La avenida de la Paz ardía en su esqueleto,
un farol sin párpados lloraba queroseno,
y los bloques —altos, torcidos, temblorosos—
levantaban su mandíbula contra la luna.
Las aceras crecían como vértebras rotas,
y un niño enterraba su zapatilla
para oír cómo el subsuelo
le devolvía un latido que no era suyo.
Los charcos abrían los ojos de repente,
miraban el mundo al revés,
trémulos, azules, eléctricos,
como si el agua guardara la memoria
de un dios cansado.
queríamos inundarlos con flores,
para que el barrio aprendiera a respirar luz,
pero el viento se llenó de agujeros
y por cada agujero escapaba
la risa más pobre del vecindario.
Y con claveles roneaban las chiquillas,
pero no eran chiquillas:
eran columnas de humo rojo,
eran latidos de cal viva,
eran una procesión de manos abiertas
pidiendo pan al mediodía
de una estrella rota.
Las antenas giraban como espadas
y el cielo sangraba monedas frías.
Un autobús vacío rugía en la lejanía
como un animal que ha perdido
el rastro de su dueño.
Y debajo del barro,
en el lugar donde la infancia guarda sus uñas,
un corazón oscuro del barrio
golpeaba los cimientos
pidiendo nacer otra vez:
sin ruido,
sin pobreza,
sin miedo,
solo con flores flotando
en la garganta del tiempo.
